CAPÍTULO 45
Hacía tres días que Catarina Soler no le dirigía la palabra a su jefe.
No es que hubiera dejado de trabajar. Al contrario, Catarina estaba operando con una eficiencia que rayaba en lo robótico. Llegaba a las ocho en punto, preparaba el café con la mezcla exacta de granos que él prefería, redactaba los correos con una prosa jurídica impecable y organizaba la agenda sin cometer un solo error. Pero lo hacía todo envuelta en un mutismo absoluto.
Si Sebastián esperaba un saludo, recibía