Tres horas después, la casa estaba oscura y en silencio.
Salí de mi habitación, vestida solo con una bata fina. Mi coño ya estaba mojado de anticipación, mis pezones duros contra la seda. Bajé las escaleras a hurtadillas, evitando el peldaño que crujía, y abrí con cuidado la puerta del garaje.
La luz estaba apagada, pero el sensor de movimiento se activó al entrar, iluminando el espacio. Marvin estaba junto a su coche, un Ford sedán, con las manos en los bolsillos. Iba sin camisa, solo con pant