El golpe volvió a resonar, esta vez más fuerte, como el martillazo de un juez sellando mi destino.
Mi corazón me dio un vuelco violento hasta la garganta, martilleando contra mis costillas como un pájaro atrapado. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Me quedé completamente rígida, clavando mis dedos con desesperación en los hombros anchos y sudorosos de Miguel mientras su peso me aplastaba contra la pared, con mis piernas rodeando su cintura y sus caderas aún moviéndose en esos círculos