El silencio que siguió a nuestro clímax compartido era más pesado que el propio aire, denso por el olor a sexo, perfume caro y el peso aplastante de mil secretos. Yo seguía acorralada contra el cristal, con las piernas temblando mientras se enredaban en la cintura de Miguel, mientras el frío de la ventana contrastaba bruscamente con el horno que era su cuerpo.
No se salió.
Se quedó dentro, profundo, como una presencia permanente en mi interior, latiendo con las réplicas de un hombre que no solo