Mi cuerpo seguía vibrando por el orgasmo que me había arrancado, mi coño apretándose alrededor de la nada, deseando más. El aire del salón estaba denso con el olor de nosotros… mi excitación, su sudor, el whisky en su aliento. Yo yacía allí en el sofá, desnuda de la cintura para arriba, mis pezones duros y húmedos de su boca, mis pantalones de yoga empapados con mis propios jugos.Él se levantó, mirándome desde arriba con esos ojos oscuros y hambrientos. Su camisa blanca de botones estaba arrugada ahora, los primeros botones desabrochados, revelando un parche de vello oscuro en el pecho. Sus vaqueros estaban tensos contra el bulto enorme entre sus piernas, y yo podía ver el contorno de su polla presionando contra la tela, exigiendo ser liberada.—De rodillas —dijo, con la voz baja y autoritaria.No dudé. Me deslicé del sofá, mis rodillas desnudas golpeando la alfombra, las manos apoyadas en mis muslos mientras lo miraba desde abajo. La posición se sentía natural, correcta, como si est
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