Miguel se quedó sobre mí durante un segundo, con el pecho subiendo y bajando, y la camisa de vestir pegada a los duros contornos de su torso por el sudor. Me miró desde arriba, con los ojos oscuros por un hambre que parecía casi predatoria. Se dio un paso entre mis rodillas, sujetándome los muslos por dentro y separándolos de par en par.
—Mírate —susurró, con la voz gruesa de satisfacción—. Tan mojada. Tan arruinada. Goteando para mí el día en que se supone que debes jurarle tu pureza a mi hijo