Cinco años.
El tiempo no ha sanado todo. Algunas cicatrices han quedado, líneas pálidas en nuestra piel y en nuestra memoria. Ya no duelen, pero están ahí, como mapas de geografías íntimas, recordatorio de los territorios devastados que hemos atravesado.
Miro a Fleure, de pie al final del jardín. Su vientre, redondo y pesado bajo su vestido de verano, capta la luz dorada de la tarde. Una mano reposa sobre él, protectora, mientras que la otra riega las lavandas que bordean el huerto. Hemos apren