Cinco años.
El tiempo no ha sanado todo. Algunas cicatrices han quedado, líneas pálidas en nuestra piel y en nuestra memoria. Ya no duelen, pero están ahí, como mapas de geografías íntimas, recordatorio de los territorios devastados que hemos atravesado.
Miro a Fleure, de pie al final del jardín. Su vientre, redondo y pesado bajo su vestido de verano, capta la luz dorada de la tarde. Una mano reposa sobre él, protectora, mientras que la otra riega las lavandas que bordean el huerto. Hemos aprendido a cultivar las cosas, ella y yo. Las verduras, las flores y esta paz frágil entre nosotros.
No es la felicidad de los cuentos de hadas. Es algo más precioso, más real. Es una tregua diaria, elegida, trabajada. Un matrimonio.
Ha habido recaídas. Noches en las que el silencio se ha deslizado entre nosotros, demasiado pesado, y donde nos hemos mirado con el viejo miedo en el vientre. Palabras duras, lanzadas en un momento de fatiga, que han resonado como ecos del pasado. Pero el pacto se mante