El alba asomaba, tímida, detrás de la ventana abierta. La frescura de la noche había barrido los últimos vestigios de fiebre, dejando lugar a una claridad lechosa, indecisa. Seguíamos abrazados, nuestros cuerpos pesados por el agotamiento y el sudor seco, pero nuestras mentes, extrañamente, no encontraban descanso.
La pregunta de Fleure giraba en mi cabeza, amplificada por el silencio. ¿Qué era eso? Una tregua, sí. Una rendición, también. Una oración, sin duda. Pero no era suficiente. Era un bá