El juramento estaba hecho. Las palabras, pesadas de verdad prometida, aún flotaban en el aire oscuro del salón. Pero entre el decir y el vivir, había un abismo que sus cuerpos, sin embargo, no parecían haber leído.
La mano de Fleure seguía en la de Aaron. Un pacto frágil. Luego, el contacto simple se convirtió en otra cosa. Una calidez que ya no era solo reconfortante, sino que fluía como lava bajo la piel. El pulso de Aaron se aceleró contra la palma de Fleure. Ella sintió el ligero estremecimiento de sus dedos cerrándose levemente sobre los suyos. No era un agarre, aún no. Una pregunta.
Levantó la vista hacia él. En la penumbra, su mirada ya no era la del combatiente exhausto, ni la del hombre desnudo y vulnerable. Era una mirada que conocía demasiado bien. Una mirada que la desnudaba, que bebía la luz de su piel, que buscaba las curvas bajo la tela de su sudadera. Una mirada de hambre.
Y sintió la respuesta inmediata, traicionera, en su propio cuerpo. Un eco sordo en lo más profund