Amina
Cruzo la puerta de entrada con una mezcla de aprensión y emoción. El olor del café y del pan tostado ya flota en el aire, pero no es esa fragancia la que más me afecta. No, es él. Siempre él. Cada vez que pongo un pie aquí, mi cuerpo se tensa automáticamente, mis sentidos en alerta. Debería calmarme, respirar, pero no puedo. Lo que siento por él es prohibido, un fuego que no puedo apagar.
Llegué esta mañana, pretextando una visita rápida, un almuerzo improvisado con mi hermana. Se supone