Amina
Cruzo la puerta de entrada con una mezcla de aprensión y emoción. El olor del café y del pan tostado ya flota en el aire, pero no es esa fragancia la que más me afecta. No, es él. Siempre él. Cada vez que pongo un pie aquí, mi cuerpo se tensa automáticamente, mis sentidos en alerta. Debería calmarme, respirar, pero no puedo. Lo que siento por él es prohibido, un fuego que no puedo apagar.
Llegué esta mañana, pretextando una visita rápida, un almuerzo improvisado con mi hermana. Se supone que debería estar aquí, pero ha sido retenida por una reunión urgente en el trabajo. Me dijo que volvería para el mediodía, pero por ahora, estoy sola con él. Y él está allí, de pie en la cocina, concentrado en lo que está preparando. Debería sentirme aliviada por no estar sola, pero su simple mirada, su presencia silenciosa, es suficiente para hacerme perder el rumbo.
Recuerdo cómo llegué. Mi hermana me llamó anoche, con una voz estresada: “Amina, ven, te necesito mañana, tengo demasiado trabaj