Aaron
Sus labios aún arden contra los míos cuando levanto lentamente la cabeza, sin soltarla. Mantengo mi frente pegada a la suya, mis dedos aún anclados en su nuca, como si esa presión fuera suficiente para recordar al mundo entero que ella está bajo mi yugo.
A nuestro alrededor, la sala ya no se atreve a respirar. El silencio no es tal: es un trueno contenido, un retumbar mudo de corazones apretados, de miradas celosas, de bocas abiertas. Todos esos rostros fijos en nosotros, suspendidos entr