Le pesaba el cuerpo como si hubiera envejecido diez años en apenas un momento. No recuerda cómo llegó a su caballo. Absorto en la vorágine de sus pensamientos. Subió en él y salió de la propiedad como alma que se lleva el diablo.
Llegó al pequeño cementerio al atardecer. Ya no había visitantes a esas horas. Camino despacio hasta la tumba de su madre, y se dejó caer de rodillas. Hundió su cara en las manos y comenzó a llorar desconsoladamente como un niño. Hacía años que no le sucedía. Pero no p