El aire del baño le pareció a Alara más gélido de lo habitual, tanto como el nudo que le oprimía el estómago. Otra vez la voz de su hija la sacó de sus pensamientos.
—Hola… —Tragó saliva, consciente del eco de su voz—. Me llamo Alara… ¿Y tú? —preguntó, casi tartamudeando, en un intento por disimular su nerviosismo. Miró a su alrededor, como si buscara a alguien—. ¿Qué hace una niña tan pequeña sola en un baño?
—Soy Leia —respondió la niña, balanceándose sobre las puntas de sus zapatos negros—.