XVI
Bastian había salido corriendo al llamado silencioso de Fausto. Ese brillo en sus ojos cuando la luz de aquella lámpara alumbró su rostro, fue todo lo que necesitó para saber que le había lanzado una cuerda y de esta halaba con fuerza. El muchacho anduvo todo lo que sus piernas pudieron, pero el otro parecía haber desaparecido. Todo fue peor, cuando empezaron a caer gotas que se hacían más fuertes cada segundo. Venía entonces una tormenta.
—Ah, maldita sea… —murmuró Bastian fastidiado con a