El hombre, sintiendo el pinchazo del deseo y la vanidad herida de poseer a la viuda del reino, esperó que esta saliera por completo mientras los demás comensales parecían confundidos por el ruido que se había escuchado en los ventanales. Llevado por la lujuria y la ambición, se apresuró a seguirla, perdiéndose tras los pliegues de las cortinas pesadas hasta uno de los jardines periféricos.
Ahí la vio. El jardín estaba desierto, sumido en un silencio que olía a tierra húmeda y a hojas de tejo. E