Victoria despertó en la madrugada, encontrándose nuevamente en aquella pesadilla. No, ella no quería soñar con que había perdido a su bebé. Pero la realidad era que aquello no era un sueño, sino un hecho innegable.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas cuando acarició su vientre, hallándolo más plano que la última vez. Su bebé ya no estaba y eso le dolía profundamente en el alma.
—¡No, mi chiquito, por favor no me dejes!—sollozo contra la almohada.
Massimo escuchó su lamento desde un