María Eugenia
—En la habitación, dormida. —afirmé, caminé hacia su cuarto.
En efecto, estaba dormida, con una colcha suave sobre ella. Al acercarme, le acaricié el cabello; tenía el pómulo inflamado. Los chicos ingresaron.
—En unas horas estará peor, ¿cierto?
—Sí, luego se le pondrá el ojo negro. Ahora está sedada para que duerma y no sienta dolor, esa parte es delicada.
—¡Mierda! —dije.
—Jovencita.
—¡Ay, Emmanuel!, ahora sin sermones. —sonrió—. ¡Nos van a matar a nuestros papás! ¿Cómo vamos a