—Llegamos, señor —dijo el conductor amablemente.
—Gracias, Thomas —respondió Gabriel con sequedad.
Abrió la puerta y bajó sin siquiera dirigirle una mirada a Isla. Como si ella no existiera.
Isla se quedó inmóvil por un momento en el asiento trasero. Se mordió el labio. Su mente seguía dándole vueltas a sus palabras de antes, a la forma en que le había exigido que le diera a Delphine el puesto principal en la pasarela.
Suspiró largo y tembloroso antes de bajar del auto.
Cuando llegaron al penthouse, Gabriel subió y desapareció. Un rato después, regresó a la sala, ya sin su traje de negocios. Se había puesto más relajado, pero igual de atractivo: un pantalón negro, una camisa negra ajustada y un saco café que le daba un estilo de autoridad natural.
Isla estaba sentada en el sofá con la tableta en el regazo. Revisaba nuevos diseños de aretes y listas de pedidos anticipados, intentando sumergirse en su trabajo. Cuando Gabriel se detuvo frente a ella, levantó la mirada.
—No hace falta que