—Llegamos, señor —dijo el conductor amablemente.
—Gracias, Thomas —respondió Gabriel con sequedad.
Abrió la puerta y bajó sin siquiera dirigirle una mirada a Isla. Como si ella no existiera.
Isla se quedó inmóvil por un momento en el asiento trasero. Se mordió el labio. Su mente seguía dándole vueltas a sus palabras de antes, a la forma en que le había exigido que le diera a Delphine el puesto principal en la pasarela.
Suspiró largo y tembloroso antes de bajar del auto.
Cuando llegaron al pentho