—Bueno, si lo pones de esa manera —dijo Gabriel en voz baja—, entonces sí; las cosas han cambiado mucho últimamente. He estado tratando de arreglar mi matrimonio, pero Isla... ella no me deja. Aunque, para ser honesto, no puedo culparla. Todo lo que salió mal fue mi culpa.
El silencio se apoderó de la habitación por un momento. Gabriel se reclinó en su asiento, con la mirada perdida en el suelo. Extrañaba a su esposa. Extrañaba su calidez, su risa y la forma en que lo miraba antes de que todo se