Capítulo 4
Gabriel no podía darle su corazón a Isla. Él lo sabía, y ella también. Pero tampoco podía dejarla ir.

No era amor lo que lo ataba a ella, sino miedo. Miedo del único individuo al que todos en la familia Wyndham le temían: su abuelo, Alfred Wyndham.

Alfred sería viejo, pero la edad no lo había ablandado. Era poderoso y aterrador. Incluso el padre de Gabriel, John, se doblegaba ante él. Y Alfred quería profundamente a Isla. Para él, era la esposa perfecta para Gabriel; la única mujer que había logrado ganarse su cariño.

Si Alfred llegaba a enterarse de que Isla había solicitado el divorcio, Gabriel no quería ni imaginar lo que el anciano haría.

Esa noche, después del trabajo, Gabriel llegó corriendo a casa y entró al cuarto de Isla. Pero la habitación estaba vacía. Su maleta ya no estaba.

Sintió un nudo en la garganta. Sacó el celular y le marcó.

El celular estaba apagado.

Se pasó una mano por el cabello, caminando de un lado a otro en el cuarto.

—¿Dónde estás?

Murmuró para sí mismo.

El miedo lo hizo temblar de pies a cabeza.

Volvió a intentarlo. Esta vez sí sonó, pero nadie contestó. Otra vez. Y otra. Hasta que la frustración se apoderó de él.

—¿A qué estás jugando?

Antes de que pudiera volver a marcar, su celular sonó. Sin ver quién era, contestó.

—¿Dónde estás?

La voz dulce y delicada era de Delphine.

—Necesito que me ayudes. Creo que me torcí el tobillo. Lo tengo hinchado.

Gabriel se quedó paralizado.

—¿Qué? ¿Cómo pasó? No importa, ya voy para allá.

En ese instante, se olvidó de Isla. La idea de que Delphine estuviera sufriendo lo hizo reaccionar al momento. Sin dudarlo, salió a toda prisa de la mansión.

***

Mientras tanto, en Teriporto, Isla se estaba adaptando a su nueva vida. Había vuelto a contactar a gente que conocía. Empezó a crear una pequeña red de contactos e incluso dio su primer paso firme en el mundo de los negocios.

Compró un lote de diamantes en bruto y contrató a un artesano local experto en tallar y pulir piedras en bruto. Poco a poco, empezó a crear sus primeras piezas de joyería.

Lo que hizo esto posible fue un secreto que había guardado por años: sus ahorros.

Isla había ahorrado una fortuna en silencio. No solo Gabriel le transfería una mensualidad a su cuenta de banco, sino que la familia Wyndham también tenía una tradición: cada miembro de la familia, por sangre o por matrimonio, recibía un pago mensual del fideicomiso familiar. Era una cantidad generosa, casi excesiva. Desde su boda, Isla también había sido beneficiaria. Y, a diferencia de otros, apenas había tocado un centavo.

Ahora, todo ese dinero estaba financiando su sueño. Su celular vibró y contestó.

—¿Sí?

—Se agotaron tus aretes.

Le informó la voz al otro lado de la línea.

—Ya tenemos más pedidos en espera.

El corazón de Isla se aceleró de la emoción. Se llevó una mano al pecho, como si quisiera contener la alegría.

—Gracias. Te marco de regreso.

Dijo, con la voz temblorosa por la emoción. En cuanto colgó, se sentó al borde de la cama y susurró para sí misma.

—Esto es. Es el comienzo.

No esperaba que el éxito llegara tan pronto. Pensó que sus primeras piezas tardarían meses en venderse, pero ya habían encontrado compradores. Lo sintió como una señal.

Su celebración se vio interrumpida cuando su celular sonó de nuevo. Esta vez, era su madre.

—Hija.

La voz animada de Diana llenó la línea.

—Quiero invitarlos a ti y a Gabriel a cenar este fin de semana. Tengo buenas noticias que darles a ti y a tus hermanas.

Isla se tensó. Odiaba este tipo de conversaciones.

—Mamá, estoy ocupada este fin de semana. Y Gabriel también. Se va de viaje de negocios. Si pudieras decírmelo ahora…

—No.

Su madre no iba a aceptarlo.

—Si Gabriel está ocupado, tú puedes venir sola. Sin pretextos.

Colgó antes de que Isla pudiera decir algo. Isla aventó el celular a la cama con un suspiro. Se preguntó qué estaría tramando ahora.

Conocía bien a su madre. A Diana le encantaba presumir, sobre todo con los matrimonios de sus hijas. Había casado a sus hijas con familias ricas y lo presumía como su mayor logro. Para ella, el matrimonio de Isla con la familia Wyndham era su logro más preciado.

Pero Isla siempre había odiado eso. Por eso se había prometido nunca elegir a un hombre como lo hizo su madre. Pero la vida la había acorralado y terminó casándose con Gabriel. Y ahora… ahora se arrepentía con cada respiro.

Su mente volvió al divorcio. Todavía no tenía noticias de su abogado, pero suponía que Gabriel ya había firmado los papeles. Rezaba para que no se atreviera a involucrar a Alfred. Eso solo empeoraría las cosas.

“Quizá no sea tan malo ir a Carminton”, pensó. “Podría enfrentarlos, fingir por un fin de semana y luego, el lunes, ver a mi abogado sin que nadie se entere. Así al menos podría ver cómo va el divorcio”.

***

El viernes, Isla se dirigió al aeropuerto para tomar su vuelo. Por todos lados se oía ruido y el sonido de las maletas con ruedas.

Cuando estaba por entrar a la terminal, notó un alboroto más adelante. Varios hombres de traje negro corrían, despejando el camino.

Curiosa, Isla siguió la dirección con la mirada. Y entonces se quedó inmóvil. Era Gabriel.

Estaba en Teriporto. Y lo rodeaban cuatro guardaespaldas. Pero lo que hizo que a Isla se le detuviera el corazón no fueron los guardaespaldas. Fue Delphine.

Ella caminaba a su lado, lo llevaba de la mano, con la cara radiante, como si le perteneciera. Gabriel no se apartó. Ni siquiera parecía incómodo.

La gente a su alrededor empezó a cuchichear.

—Ese es Gabriel Wyndham… y el amor de su vida.

—Oí que su mejor amiga la traicionó.

Susurró otra voz.

—Lo sedujo para que se casara con ella.

—Se ven perfectos juntos. Qué envidia.

Añadió alguien más.

A Isla se le revolvió el estómago. Se dio la vuelta rápidamente y caminó en dirección contraria, con la cara ardiendo.

Incluso aquí, en Teriporto, la gente sabía de Gabriel y Delphine. Su historia se había convertido en un rumor, un cuento que se susurraba entre extraños.

Ahora Isla estaba segura de una cosa: había tomado la decisión correcta. Una vez que el divorcio fuera definitivo, por fin sería libre.
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