En cuanto Isla salió del aeropuerto, su celular vibró. Lo revisó y se le detuvo el corazón. Era Gabriel.
Soltó un resoplido de fastidio. Lo acababa de ver con Delphine hacía apenas unas horas. ¿Qué quería ahora? Rechazó la llamada y siguió caminando.
Le llegó la notificación de un mensaje, pero se negó a revisarlo. Si algo quería en ese momento, era finalizar el divorcio para poder seguir con su vida.
Pensó en ir a casa de Betsy para cambiarse antes de dirigirse a la de sus padres. Pero cuando levantaba la mano para parar un taxi, una voz familiar la detuvo.
—Isla.
Se giró. Vio a Gabriel caminando hacia ella, con sus guardaespaldas abriéndole paso, como siempre.
Se le aceleró el pulso. Hace solo unas horas lo había visto con Delphine en Teriporto. ¿Cómo podía estar aquí ahora? ¿La había seguido desde allá? La pregunta le daba vueltas en la cabeza, pero mantuvo la cara tranquila e inexpresiva.
Gabriel la alcanzó y habló sin dudar.
—¿Por qué no me contestaste?
Estaba a punto de responder cuando sonó el celular de Gabriel. Contestó.
—Sí, cariño —su tono se suavizó al hablar con la otra persona y la elección de sus palabras molestó a Isla—. Dame tres horas y estoy contigo.
Luego colgó. No le quitó la mirada de encima a Isla ni por un minuto. Sus penetrantes ojos verdes la mantuvieron inmóvil durante toda la llamada.
Isla parpadeó. ¿Eso era todo lo que tenía que decir? Ni una pregunta sobre dónde había estado las últimas dos semanas. Ninguna mención de los papeles de divorcio que le envió. Nada. ¿Era tan insignificante para él?
La furia le subió, mezclada con dolor. ¿Cómo había permitido que su vida se enredara de esa manera alrededor de un hombre al que no le importaba si vivía o moría?
—Como sea, no tengo tiempo que perder. Súbete al auto —no se lo estaba pidiendo, le estaba dando una orden—. El abuelo quiere vernos.
“Ah, con que de eso se trata”, pensó Isla. Ahora entendía lo que pasaba. Con razón estaba de vuelta en Carminton.
Un auto ya los esperaba. Isla quiso negarse, pero luego pensó que por qué no. Quizá era su oportunidad de contarle la verdad a su familia. Estaba harta de fingir.
Asintió una vez y se metió en el auto. Un guardaespaldas tomó su maleta y la puso en la cajuela, mientras Gabriel se sentaba a su lado.
Durante el trayecto, Isla lo miró de reojo. Tenía la cabeza inclinada, con los dedos moviéndose sobre el celular. Se inclinó un poco, lo suficiente para ver qué hacía. Vio que le estaba escribiendo a Delphine.
Se le detuvo el corazón. El dolor era demasiado agudo. Ese fue el momento en que supo, sin lugar a dudas, que su matrimonio se había acabado. Seguiría adelante con el divorcio. Ya había soportado suficiente humillación.
Gabriel no la miró en todo el camino. Ni una sola vez. Pero en cuanto llegaron a la mansión de los Wyndham y bajaron del auto, su mano se deslizó alrededor de la cintura de ella. Una actuación en público a la que estaba acostumbrado.
Isla no se inmutó. Se lo esperaba. Aunque seguía siendo en contra de su voluntad, una pequeña chispa la recorrió con su contacto, un recordatorio de cuánto lo amaba. Pero la ignoró.
—Acabemos con esto de una vez —murmuró Gabriel—. Tengo un vuelo a las dos.
No se molestó en responder. Su decisión estaba tomada.
Las empleadas domésticas estaban formadas en la entrada de la mansión. Inclinaron la cabeza mientras recibían a la pareja.
—Bienvenidos, señor y señora Wyndham.
Dijo Stephen, el mayordomo, con voz suave.
—El señor Wyndham los está esperando. Por favor, síganme.
Las enormes puertas se abrieron y Stephen anunció en voz alta:
—El joven Wyndham y su amada esposa están aquí.
Gabriel entró, con una sonrisa radiante como si todo fuera perfecto. Isla lo siguió, con una actitud vacía y el corazón apesadumbrado.
—¡Ven, hijo mío!
Anna, la madre de Gabriel, se levantó deprisa y abrió los brazos para abrazarlo. Isla saludó a la familia con educación, inclinándose para darle un beso en la mejilla a Alfred antes de tomar asiento junto a Gabriel.
***
La familia comió en silencio. Retiraron los platos, sirvieron el postre y entonces Alfred habló.
—Hoy se cumplen dos años de tu matrimonio con Isla. Feliz aniversario a los dos.
Hubo un murmullo de sorpresa entre la familia. Todos lo habían olvidado, excepto Alfred.
La cara de Isla permaneció indiferente. Estaba demasiado cansada para este juego.
—Felicidades para nosotros.
Dijo Gabriel, mirando de reojo a Isla. Soltó un resoplido seco. ¿Hablaba en serio? Alfred se aclaró la garganta.
—Para celebrar su aniversario, he decidido nombrar a tu esposa la nueva…
—Por favor, detente, abuelo.
Se escucharon exclamaciones de asombro en la sala mientras Isla se ponía de pie. Nadie se atrevía a interrumpir a Alfred Wyndham. Nadie.
—¡Isla! —dijo Anna, con un brillo furioso en los ojos—. ¿Cómo te atreves? ¿Sabes con quién estás hablando? Deberías estar agradecida de casarte con mi hijo. Si se te olvida cuál es tu lugar, yo me encargaré de recordártelo.
Isla levantó el mentón. Su voz era tranquila y suave.
—Una disculpa si sueno grosera, pero no creo merecer más de la amabilidad del abuelo.
—¿Y qué estás diciendo exactamente, Isla?
Preguntó Alfred, con su mirada penetrante ahora fija en ella. Gabriel se levantó y la tomó de la mano.
—Cariño, ¿qué estás haciendo?
Isla lo miró a los ojos y habló. Se giró hacia la familia.
—Necesitamos hablar. Ahora.
—Lo siento, abuelo, padre y madre. Por favor, discúlpennos. Volvemos enseguida.
Isla y Gabriel salieron del comedor y entraron en una sala de pinturas. Intentó controlar su carácter antes de hablar.
—¿Qué te pasa?
—¿Ya firmaste los papeles del divorcio? —fue su respuesta.
Gabriel se sorprendió de que siguiera pidiendo el divorcio. Abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Se pasó las manos por el cabello sedoso, algo que hacía siempre que estaba angustiado. Pero las siguientes palabras de Isla le hicieron mucho más daño.
—Se acabó, Gabriel. Ya te lo dije. Le voy a decir la verdad a la familia. Nos vamos a divorciar.
Y entonces, se dio la vuelta para irse.