No le dio tiempo para descansar. Con un solo movimiento, la inclinó sobre el lavabo, se bajó los pantalones deportivos y liberó su hombría en tensión. Con una estocada desesperada, la llenó, sujetándola con fuerza de la cintura.
—¡Gabriel, oh, Dios! —gritó Isla, con la voz quebrada por la impresión y el placer.
Se hundió tanto en ella que le temblaron las piernas. El gemido de él fue ronco y áspero.
—Maldición, Isla... estás tan estrecha. Te sientes malditamente bien.
Sus uñas arañaron la encime