Apenas se cerró la puerta tras Evelyn, una quietud pesada se asentó en la habitación. Era una quietud profunda, cargada con el peso de lo que nadie decía. Mercy estaba de pie en el centro de la oficina, inmóvil.
Aunque Aurelian todavía la abrazaba, ella ya no se apoyaba en él. Seguía allí en cuerpo. Pero sus pensamientos ya se alejaban hacia un lugar más hondo e íntimo.
Afuera, Isla, Gabriel y John esperaban en el pasillo. Nadie hablaba ni se apresuraba a entrar; entendían por instinto que aquel