La pesada puerta metálica del centro de detención se abrió con un chirrido, como si liberara la tensión acumulada durante días.
Kendrick Watson salió. Se veía tranquilo, pero se movía con una resolución definitiva, de esas que dejan claro que las decisiones ya estaban tomadas... y ejecutadas. Detrás de él, adentro todavía pesaba todo lo que había ocurrido.
Apenas unos momentos antes, Richard Tailor estaba sentado adentro, rígido, ante la pequeña mesa, con los dedos aferrados al bolígrafo como si