—Gabriel, tengo miedo —susurró Isla al teléfono con voz baja, casi temblorosa—. No sé qué le pasa a nuestro hijo.
—No tienes por qué tenerle miedo, Isla —respondió Gabriel con calma desde el otro lado—. Lian solo es diferente. Eso es todo. Solo necesitas seguir guiándolo y hablando con él.
—Ese es el problema —dijo Isla, frotándose la frente con cansancio—. No parece que el niño esté haciendo nada malo, Gabriel. Y aun así, su actitud no encaja con su edad. Habla como un adulto. Razona como un ad