—Mamá —continuó Aurelian en voz baja, con los ojos aún fijos en la televisión—, ¿por qué siempre me tienes miedo?
La pregunta sacudió a Isla como una cachetada inesperada. Luego se quedó paralizada.
Se le cortó la respiración y, por un momento, olvidó cómo hablar. Se volvió despacio para mirar bien a su hijo. Tenía la cara tranquila, relajada, y no había acusación en su voz ni enojo. Solo una simple pregunta, hecha como si ya supiera la respuesta.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó al fin, con