Un timbre estridente rompió el ambiente como el estruendo de un cristal al estrellarse contra el mármol. Al principio, Isla se sobresaltó; luego, su expresión se endureció. No por el sonido en sí, sino por el nombre que retumbaba cada vez que el celular repetía la alerta.
“Delphine, mi amor te llama. Delphine, mi amor te llama.”
El tono sonó una y otra vez hasta que Gabriel por fin tomó el celular.
Isla dejó escapar el aire y suspiró. Negó. “Claro, era demasiado bueno para ser verdad”, pensó con amargura. Por un instante, se había permitido creer que las cosas entre ellos empezaban a cambiar. Pero el celular demostró lo contrario.
Gabriel se levantó de la cama con el celular pegado a la oreja. Se quedó de pie en silencio un momento, escuchando la voz al otro lado de la línea. Su expresión era indescifrable, su espalda, recta e indiferente. Tras una larga pausa, sus labios se movieron.
—En cinco minutos estoy contigo.
Luego colgó.
Al darse la vuelta, la mirada de Gabriel se posó en Isla