Un timbre estridente rompió el ambiente como el estruendo de un cristal al estrellarse contra el mármol. Al principio, Isla se sobresaltó; luego, su expresión se endureció. No por el sonido en sí, sino por el nombre que retumbaba cada vez que el celular repetía la alerta.
“Delphine, mi amor te llama. Delphine, mi amor te llama.”
El tono sonó una y otra vez hasta que Gabriel por fin tomó el celular.
Isla dejó escapar el aire y suspiró. Negó. “Claro, era demasiado bueno para ser verdad”, pensó con