El día de Gabriel no había sido muy distinto al de su esposa. Estuvo hasta el cuello de trabajo todo el día. Desde que puso un pie en la oficina por la mañana, no había parado de firmar cheques, revisar informes y examinar documentos.
Su escritorio estaba repleto de pendientes y su pluma no dejaba de moverse sobre los papeles. Ya casi era hora de terminar la jornada, pero él seguía trabajando.
De pronto, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso.
Gabriel ni siquiera se molestó en levantar la mirada. Solo una persona se atrevía a entrar así a su oficina: su hermano mayor, Wyatt. Y si Wyatt estaba ahí, Gabriel ya sabía que no venía a hablar. Venía a buscar problemas, como siempre.
—¿Ni siquiera vas a voltear a ver a tu hermano? —dijo Wyatt en tono burlón, mientras caminaba hacia la silla frente al escritorio y se sentaba con toda comodidad.
—Estoy ocupado, como puedes ver —respondió Gabriel con sequedad, sin apartar la mirada del papel que tenía enfrente.
Wyatt se recargó en la s