Sofie y Peter se sentaron uno junto al otro en el borde de la enorme cama de él, en su recámara. El corazón de Sofie latía a toda prisa mientras miraba hacia abajo, contemplando su diminuto camisón de seda. Se le adhería a la piel y dejaba ver casi cada curva de su cuerpo. Sus senos, un tanto grandes y llenos, presionaban contra la tela delgada. Los tirantes eran angostos y el ruedo apenas le cubría los muslos.
Se sentía expuesta. El calor le subió a las mejillas. Nadie la había visto así. Ni si