—Qué asco —continuó Isla, con voz de desprecio y los ojos ardiendo de furia y reivindicación—. ¿Hasta qué punto puedes caer tan bajo y ser tan desvergonzada, Delphine?
Delphine le devolvió la mirada con dureza, mientras una mano se frotaba por instinto la mejilla ardiente donde Isla la había abofeteado. El dolor era agudo, pero palidecía frente a la humillación que le inundaba las venas, ardiente e implacable. El pecho le subía y bajaba con respiraciones cortas, y la fachada que tanto le había c