Pasó bastante tiempo para que Gabriel se moviera. La oficina estaba demasiado silenciosa, por el peso de las palabras de su padre, que aún seguían moldeando su nueva realidad.
Pensó en la carga que su abuelo le había puesto a Isla. Aquel secreto bastaba para enfermarla. Ni siquiera él podía con eso. Y aún había más.
—¿Qué otros secretos me sigues ocultando? —preguntó por fin en voz baja. Su voz no era alta, pero bastó para cortar el silencio—. Es mejor que me lo cuentes todo ahora. No quiero seg