El teléfono no dejaba de sonar, pero Gabriel no respondía. Apagó el celular y lo guardó en el bolsillo interior de su saco. Cuando levantó la mirada, vio a Isla todavía de pie junto al auto. Su cara no revelaba nada, su expresión era tranquila, imposible de interpretar.
Se acercó y le habló en voz baja.
—¿Vamos?
Ella solo asintió levemente con la cabeza antes de darse la vuelta y caminar hacia la casa, dejándolo atrás para que la siguiera.
Adentro, las empleadas y Diana les dieron una cálida bie