—Sé cómo te sientes, Isla —comenzó Alfred despacio, con la voz cansada—. Pero te digo estas cosas porque eres la joven más extraordinaria que he conocido.
Isla abrió mucho los ojos y contuvo la respiración. Todavía luchaba por digerir la revelación anterior, que Gabriel era su único nieto, ¿y ahora esto?
La cabeza le daba vueltas. El corazón le golpeaba contra las costillas.
Todo empezó a cobrar sentido. El cariño infinito hacia Gabriel, la atención especial, la forma en que siempre se ponía de