Aurelian tomó su celular e hizo una llamada breve. Le contestaron casi enseguida.
—Ven a mi oficina —dijo, y cortó la llamada sin esperar respuesta.
Después se reclinó en su silla y apoyó un tobillo sobre la rodilla contraria. Entrelazó los dedos y se los llevó a la boca mientras clavaba la mirada en la pared de vidrio frente a él. Desde esa altura, la ciudad se veía pequeña, como algo que ya estaba bajo su control. Aun así, la cabeza no le daba tregua.
La puerta se abrió poco después, tal como