Gabriel se quedó frente a la puerta de Isla por más de una hora. Tocó. Suplicó. Esperó en silencio, con la ilusión de que ella abriera la puerta, aunque fuera una sola vez.
Pero nunca lo hizo.
Al final, el cansancio y la decepción lo doblegaron. Apoyó la frente contra la pared un momento, luego se dio la vuelta y volvió a su habitación.
En cuanto entró, sintió el vacío. El silencio del cuarto era insoportable. Se sintió frustrado y pequeño, como un hombre que había perdido todo lo que le importa