Se volteó y lo encaró con el corazón adolorido. “¿Lo siente?”, pensó con amargura. ¿Acaso él todavía entendía lo que esa palabra significaba?
—Me equivoqué, y tú tenías razón —dijo Gabriel en voz baja—. Debí escucharte. Debí creerte. Lo siento en serio, amor. Por favor… perdóname esta vez.
A Isla le ardían los ojos por las lágrimas contenidas. Le temblaron los labios, pero no salió palabra alguna. Quería hablar, gritar, pero la voz se negaba a obedecerle.
“¿Por qué ahora?”, pensó. ¿Se estaba dis