La barcaza real atracó en el puerto de Tarmén y fuimos organizados de poco en poco hasta formar una caravana de lo más colorida y exuberante. El viaje de regreso lo haríamos por tierra.
El emperador, sentado sobre un fuerte elefante, presidía la caravana, seguido por Cassandra, quién iba cómodamente sobre un palanquín dorado, llevada por cuatro fornidos esclavos.
Cítiê iba tras ella. Llevada en un palanquín similar, pero tallado en plata.
El resto de las esposas cabalgaban negros corceles. Sin