A la mañana siguiente Cítiê se nos unió durante el desayuno. La mujercita estaba evidentemente feliz, sonreía a cada dos por tres y no regañaba a las chicas contantemente por su constante bullicio, como es su costumbre. Burya la contemplaba suspicaz, Zai y Mem susurraban entre sí y Sarab devoraba un racimo de uvas sin importarle un bledo lo que ocurría a su alrededor.
— Pasaste la noche con el emperador ,¿verdad?-increpa Burya de súbito.
Zai se atragantó con el vino que bebía y Mem le dio unas