Desde su lugar, Alessios observó a la mujer que atormentaba su mente y corazón ser lanzada al foso de las fieras, mientras eleva la centenaria plegaria que los dioses le habían escuchado esa mañana. Se sentía inútil, fracasado como hombre y como protector.
Después de haber probado los más exóticos placeres, habían sido los besos desesperados de una virgen condenada a muerte el más exquisito de los frutos prohibidos. Su alma, ya negra y marchita se plegó sobre si misma. Desde ese instante en ade