El consultorio de la Dra. Valenti se sumió en una penumbra necesaria para la claridad de la pantalla del ecógrafo. Amelia se encontraba recostada, con el vientre descubierto y el gel frío sobre la piel, sosteniendo con fuerza la mano de Luca. El ambiente era eléctrico; la doctora, aunque fascinada por la biología de Amelia, mantenía una cautela profesional, consciente de que a los 48 años y tras un coma, las posibilidades de una malformación o un embarazo ectópico eran riesgos latentes.<