Además, mi cuñada me había enseñado muchísimas cosas de las que nunca me habría atrevido a hablar de forma tan abierta.
Ella era como una maestra para mí.
Sin embargo, ahora le estaba mintiendo.
Me indicó que me sentara en una de las sillas de la cocina. Dejé mis cosas a un lado y tomé asiento justo frente a ella.
—¿Por qué tardaste tanto? —me preguntó algo curiosa—. ¿Luna te puso en un aprieto otra vez?
Sacudí la cabeza temeroso, negando cualquier complicación.
Mi cuñada se quedó pensativa, aú