—Esto es para ti, pruébalo y dime si te queda bien—, me dijo mi cuñada con una sonrisa, cruzando los brazos frente al pecho mientras estaba parada en la puerta de mi habitación.
El esmoquin, a simple vista, parecía ser bastante costoso.
Mi cuñada no escatimaba en gastos conmigo.
Le dije —gracias, cuñada—, y comencé apresurado cambiarme de ropa.
Ella dio media vuelta y se fue.
No pasó mucho tiempo antes de que terminara de vestirme.
Era la primera vez que me ponía un esmoquin y además tan costoso