Después de unos diez minutos, Luna y Paula comenzaron a despertar poco a poco.
Paula, frotándose las sienes adoloridas, murmuró: —¿Qué está pasando? ¿Por qué me duele tanto la cabeza? ¿Y por qué todos están tan callados? ¡Vamos, sigamos jugando…!
—Ya basta de tontos juegos. Mira qué hora es, es mejor que volvamos a casa, — dije, notablemente molesto.
Esta mujer… Si no sabe beber, mejor que no lo haga. La habían aprovechado sin que ella lo notara.
Paula me miró con los ojos desorbitados: —¡Mira n