Apenas subió al auto, Lucía me miró de reojo, con esa sonrisa característica suya que nunca anuncia cosas inocentes.
—¿Todavía estás… incómodo? —preguntó en voz baja, casi en susurro de complicidad.
Por supuesto que entendí a qué se refería. La noche había caído por completo, y en el interior del auto solo estábamos ella y yo, envueltos en una intimidad que se volvía cada vez más intensa con cada segundo.
Sin necesidad alguna de más palabras, me incliné hacia ella y nuestros labios se encontra