—Patricia, prefiero quedarme un rato más en el baño por mi cuenta. Anda, ve a descansar un poco —dijo Aquilino mientras soltaba su abrazo con resignación.
El rostro de Patricia se cubrió de una tristeza visible. Bajó con dolor la cabeza y, con los ojos enrojecidos, salió lentamente del baño.
Yo seguía en mi habitación, con el corazón hecho un nudo.
En la mano aún sostenía la ropa interior desechable que le había comprado a Patricia.
Llevaba toda la tarde buscando un momento adecuado para entregá