Elrik, aún sofocado por los ataques constantes de tos, no pudo evitar que me acercara a ayudarle.
Continué dándole palmadas firmes pero cuidadosas en la espalda, hasta que poco a poco su respiración se normalizó por completo y el color rojo intenso de su rostro fue cediendo.
Al recuperarse, me lanzó una mirada gélida que podría haber congelado el fuego: —Basta de tantos fingimientos muchachito. Después de cómo te he tratado, esa paciencia tuya solo puede ser falsa. No intentes engañarme Porque