—¡Lárgate! Aquí no eres bienvenido —le recriminé con una frialdad profunda.
El rostro de Eric se convirtió en una mueca de rabia impotente, los músculos de su mandíbula parecían temblar con una furia contenida. Pero ante nuestra superioridad numérica, no tuvo más remedio que marcharse con el rabo entre las piernas, sus costosos zapatos italianos arrastrando el polvo del patio como símbolo de su humillación.
Mis compañeros, demostrando una discreción admirable, no fueron indiscretos. Simplemente