Kiros era un auténtico glotón sin remedio alguno. Tan pronto como mencioné la comida, todos sus interrogatorios anteriores se esfumaron de su mente como si nunca hubieran existido. Era casi cómico ver cómo su obsesión gastronómica anulaba por completo cualquier otra preocupación.
No habían pasado ni diez minutos cuando distinguí su figura acercándose, pero para mi sorpresa, no venía solo. A su lado, caminando con cierta timidez, estaba Sofía, quien parecía estar pasando por uno de esos días en q