Mi admiración por Jorath alcanzó niveles casi místicos, como un monje contemplando a su deidad personal. Ver cómo un solo hombre ahuyentaba a una banda entera con el peso de su presencia era algo que solo creía posible en antiguas leyendas de guerreros. Pero ahí estaba, ocurriendo ante mis ojos, tan real como el dolor agudo en mis costillas magulladas.
—¡Maestro, eres increíble! —aplaudí como un niño en su primer torneo de artes marciales, ignorando por completo su anterior rechazo.
Jorath se di