—¡Sujétenlo!
Sin perder un solo segundo, Rubio se lanzó sobre Mario como un animal hambriento, sus dedos enguantados arañando el cinturón con cierta rabia y rencor. Mario forcejeó una y otra vez, los músculos de sus brazos tensándose como enormes cables de acero, pero Rubio solo se rió y escupió una orden:— —¿Qué hacen ahí parados como idiotas? ¡Inmovilícenlo de inmediato!
Los matones, hasta ese entonces algunas sombras silenciosas, obedecieron al instante. Cuatro brazos musculosos lo aplastaron